La cultura yanki se ha propagado con tanta virulencia por el mundo que ya, hasta en este país, le hemos cambiado el nombre al DÍA DE TODOS LOS SANTOS o Día de los Difuntos. Halloween nos ha invadido con sus disfraces cutres y su escenografía casposa y tenebrosa. La fiesta, procedente de la cultura celta ha sufrido tal mutación que ha perdido su esencia y sentido original y ha sido desvirtuada por completo. Asumo que los norteamericanos sean countryes (por no decir frikis) y banalicen la muerte. Pero que aquí sembremos las calles de humeantes calabazas calavéricas, que algunos jóvenes reclamen para su entierro un grupo de mariachis y droga a expuertas (visto en El Intermedio) y que haya capullos que pondrían en su epitafio frases tan pintorescas y poco originales como aquella de: "aquí yace un hombre que nunca trabajó" (cuando lo más fácil y barato sería grabar en la lápida: "aquí descansa un vago"), ya me parece una parida monumental que retrata fielmente la facilidad con la que nos dejamos influenciar por modas o costumbres procedentes de otros países y que poco o nada nos aportan.

Quienes por cultura y tradición acostumbramos a honrar a nuestros muertos el 1 de noviembre entendemos "malamente" ese tinte de frivolidad con el que están tiñendo una fecha marcada para nosotros por el respeto y el recuerdo. Podrán decirme que estoy anticuado, que el día de los difuntos es una tradición obsoleta y que estoy más pasado que una canción de Karina (Las flechas del amor o El baúl de los recuerdos). Pero no me podrán acusar de enterrar en el olvido a las personas que me han hecho madurar, que han intentado darme la mejor educación posible, que han dirigido y vigilado mis primeros pasos en este mundo y que dejaron en mi corazón una huella imborrable. La diferencia de valores es evidente (con todos mis respetos para una celebración ancestral de origen celta), porque aquí no se trata de espantar a los espíritus de nuestros seres queridos fallecidos sino de honrarlos.