Frágil como una niña, así es; pero rocosa, resistente y valerosa. Cuando navega y las olas crecidas de un mar embravecido por el viento la embisten ella salta, sube y baja como una montaña rusa en mitad del océano sin inmutarse. Saltarina, ¡qué nombre más acertado! Nunca ha naufragado porque las aguas que sostienen su quilla han compartido con ella multitud de pequeñas travesías y han aprendido a respetarse. Y cuando las cosas se ponen feas porque el océano ruge tormentoso y Saltarina busca con encono el refugio, las olas - amigas para siempre - la empujan mansamente a puerto. Luego descansa agradecida.
Mañana volverán los juegos mar adentro: las olas la llevarán por el rumbo fijado procurándole algún que otro sobresalto para darle emoción al viaje (todo está pactado). Pero sólo eso. Los amigos no se traicionan. Los riesgos están calculados y ninguno quiere renunciar al juego. Saltarina y el mar se zambullen el uno en el otro y, a veces, cuando el sol planea sobre la superficie y nos deslumbra, son uno. Desde la orilla es invisible porque las olas la tapan, la cubren, la envuelven. Pero, de repente, asoma la proa, sobresale cual gigante en la superficie, emergiendo como un submarino en busca de oxígeno, para volver - con la sonrisa dibujada en el timón y una bocanada de aire fresco en los pulmones - a cortar las aguas con un suspiro de alivio.



1971
23 jul 2008 | 09:13 AM
hermosa necesidad la del sabor de la sal marina en los labios.