Desconozco qué fuerza misteriosa empuja al hombre a su conquista ni qué extraño magnetismo ejercen sobre él las montañas, esos gigantes blancos que nos miran de reojo y, quizá, con recelo. La búsqueda de una belleza inigualable, compartir la soledad con el universo, abrir los ojos para que penetre en ellos la libertad en su estado más puro, dejar que las emociones te invadan en cadena o sentir los susurros del viento en los oidos. Quién sabe cómo nace el amor por las montañas, por la naturaleza. ¿Se siente uno más vivo? ¿Hay algo más hermoso?
A veces la crueldad salvaje de parajes vírgenes, a los que te entregas sin reservas, se desperezan - quizá sin querer - y te invitan - a la fuerza - a permanecer para siempre en sus entrañas. Muchas vidas se han quebrado en el camino, antes de alcanzar la cumbre o ya de regreso, cuando el alma bullía satisfecha. Cumbres borrascosas que no entienden de gratitud, pero que seguiremos amando a pesar de todo. Cantos de sirena que nos conducen por la cara oculta del destino y nos duermen en los brazos de la eternidad con un gélido beso.
Nunca midas la altura de una montaña hasta que corones la cima. Entonces verás cuán baja era.
LAS MONTAÑAS SON SIEMPRE LAS MISMAS, LAS MIRADAS LAS HACEN DISTINTAS
EL CAMINO HACIA LA CIMA ES, COMO LA MARCHA HACIA UNO MISMO, UNA RUTA EN SOLITARIO (Alessandro Gogna)
Después de escalar una montaña muy alta descubrimos que hay muchas otras montañas por escalar (Nelson Mandela)



Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados