La huelga del transporte tiene a medio país al borde de un ataque de nervios y a la otra mitad a punto de sufrir un síncope. Ni la disculpo ni la critico porque cada uno ha de tener conciencia de lo que debe hacer para defender sus intereses. Otra cosa son los daños colaterales que está ocasionando a otros sectores como el agrícola, ganadero o pesquero, que también se han puesto en pie de guerra. Por ello, sus efectos, además de devastadores han extendido una peligrosa psicosis colectiva de desabastecimiento y son muchos los ciudadanos que "saquean" los supermercados para llenar la despensa, lo que no deja de ser una extraña paradoja ya que la escandalosa subida en el precio de los productos alimentarios y los combustibles había reducido el consumo; pero, a lo que se ve, pesa más el miedo al hambre que el temor a la pobreza, a los números rojos.
Ignoro de dónde sacan las familias el dinero para realizar tal acopio de víveres, pero la situación me ha hecho evocar tiempos pasados (de posguerra y huelgas salvajes, algunas ya en democracia) cuando nuestros abuelos se abastecían de azúcar, aceite y otros productos básicos por lo que pudiera pasar. Claro que la situación actual no puede compararse con aquella. De hecho las negociaciones entre el Ministerio de Fomento y los representantes de los transportistas están a punto de alcanzar un acuerdo que ponga fin al paro en el sector (si no se encallan por la puta tarifa mínima que exigen los transportistas).
En todo caso, el mercado alimentario ha reducido algo sus pérdidas al producirse un repunte en las ventas (lo mismo puede decirse de los carburantes) provocado por esa extraña histeria que se ha apoderado de la ciudadanía empujándola - presa de la orgía del desabastecimiento - a tomar decisiones irracionales, o casi (como en las rebajas), que pasan por dilapidar los pocos euros que había en la reserva. Eso implica, además, que algunos alimentos empiecen a escasear.
Algo va mal en este país que parece estar prendido con alfileres y algo nos pasa a quienes lo habitamos. Desconfiamos en exceso y a la mínima señal de alarma salimos en estampida - como mihuras - y nos llevamos por delante lo que sea. Llenamos el depósito del coche hasta el mismo borde de la tapa y compramos las lentejas por toneladas, que bien conservadas duran una eternidad y nutren que te cagas.
Cuando la tormenta haya pasado, los consumidores nos miraremos unos a otros con cara de tontos y nos diremos en silencio lo gilipollas que somos. De acuerdo en que el gobierno tiene poco crédito y desconfiamos de su capacidad resolutiva. Pero, señores, no estamos en el 41. ¿O sí?
Lástima de sensatez perdida.
Por cierto, ¿y si potenciásemos el transporte de mercancías por tren?



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