Me da muy mala espina el SOS que han lanzado por las ventanas de Moncloa – como si se tratase de una granada – los empresarios de la construcción. Durante años han sido la niña bonita del solar patrio y ahora que la burbuja inmobiliaria se ha desinflado le piden árnica al gobierno; pero no para ellos – proclaman a los cuatro vientos -, sino para evitar que el desplome incontrolado de la actividad origine una escandalosa cifra de parados y el cierre de muchas empresas subsidiarias que trabajan en el sector.

Han devorado terrenos con una gula insaciable, han construido donde les ha dado la real gana (en bastantes ocasiones vulnerando la ley o en solapada connivencia con los políticos, en primera línea de playa, en zonas protegidas, en parques naturales, etc.), se han enriquecido hasta límites insospechados, nos las han hecho pasar canutas estableciendo unos precios de venta desorbitados – fuera de mercado en relación a los salarios que se estilan en el país -, y se han ganado a pulso – no todos, evidentemente - el cartel de corruptos del ladrillo (recuérdese Marbella, operación Malaya), consiguiendo la recalificación de terrenos para edificar donde las leyes no lo permitían.

Se han vanagloriado siempre de que el sector de la construcción era el motor económico del país, que ellos tiraban del carro, creaban empleo y daban vidilla a empresas satélite que subsistían a su alrededor. Bien, nadie les niega ese mérito porque alguno debían de tener. Pero ahora que vienen las vacas flacas es ilógico que pretendan chupar de las ubres gubernamentales – a las que todos contribuimos a mantener bien llenas – para evitar la debacle.

Imagen: Pedro Pérez, secretario de G-14, grupo que aglutina a las principales empresas inmobiliarias del país.

El gobierno – para paliar la crisis – anuncia que potenciará las infraestructuras intentando con ello revitalizar el sector. Nada que objetar porque estas inversiones beneficiarán al conjunto de la población. Pero los promotores inmobiliarios, a quienes la crisis no dejará en la calle y solamente les afectará con una pequeña reducción de sus beneficios, deberían dejarse de plañir y afrontar el cambio de ciclo con otra cara. Sé que esto es como pedirle peras al olmo porque debe de ser muy jodido que te corten el agua cuando estás en la ducha. Ya me entienden; quien está acostumbrado a llenarse los bolsillos – para más INRI con dinero negro - no se conforma con menos, por mucho que le digan que viene Paco con la rebaja.

A mi no me conmueven sus lamentos, sus lágrimas de cocodrilo, y espero que la situación actual sirva para que los precios de las viviendas se ajusten a la realidad, aunque sé que estos depredadores van a oponer una resistencia numantina. Pero cuando vean que los suelos de España se llenan de construcciones vacías tendrán que pensarse seriamente si les conviene acortar el margen de ganancias para beneficiar al comprador.

Por una vez en la vida la boda puede ser blanca y que el gobierno les saque las castañas del fuego me parece una solemne memez, una tomadura de pelo al ciudadano medio de proporciones descomunales. Y cuando hablo del ciudadano medio me refiero al que las pasa canutas para llegar a fin de mes, el pagano de todos los males que afectan al país, el que siempre resulta damnificado cuando pintan bastos. En definitiva, el gran ignorado en la era de la globalización.

Imagen superior: David Taguas, nuevo presidente de la patronal de la construcción.