Los buitres de la prensa del corazón están de enhorabuena. La jueza instructora del caso ha denegado las medidas cautelares que Telma Ortiz solicitaba. En la demanda se pedía que los medios de comunicación se abstuviesen de "captar, publicar, distribuir, difundir, emitir o reproducir imágenes de ella y su pareja, Enrique Martín-Llop, a excepción de las que sean tomadas en ceremonias oficiales o actos de carácter protocolario". Algo lógico en una persona que, a pesar de ser hermana de la Princesa de Asturias, no es un personaje público, aunque la prensa rosa se empeñe en lo contrario porque lo que les interesa es hurgar en las vidas ajenas como sea, sin importarle un pepino el derecho a la privacidad e intimidad recogido en el artículo 20 de la Constitución española, y caiga quien caiga.

La sentencia puede sentar un precedente – mal precedente, diría yo -, cuestión que no va a poner de muy buen humor a las personas que llevan una vida normal y no quieren, por tanto, verse retratadas continuamente en prensa, radio o televisión ni verse perseguidas y acosadas por reporteros de tres al cuarto. Desde mi punto de vista, se confunde el derecho a la libertad de expresión con el derecho a informar. Claro que todo el mundo tiene derecho a expresarse, a opinar libremente y, por supuesto, a informar. Pero, ¿quiénes deciden lo que es noticia y lo que no lo es? ¿Le interesa a alguien el look de Telma Ortiz, por ejemplo? ¿Qué derecho tienen a informar sobre mi vida personas que no me conocen de nada, amparándose en que están haciendo su trabajo? ¿Qué clase de trabajo es ése y quién certifica que la vida de Telma Ortiz es de interés público?

Decía Luis María Ansón en un artículo publicado en El Imparcial bajo el título de “Los Príncipes y la libertad de expresión”, lo siguiente: “O se está con la libertad de expresión o se está contra la libertad de expresión. Si se está con la libertad, hay que hacerlo con todas sus consecuencias. Los periodistas administramos el derecho a la información que tienen los ciudadanos. Hay españoles a los que interesa que les informen sobre Martin Heidegger, Xavier Zubiri o Emilio Lledó. Hay españoles preocupados por Rajoy y Soraya. Hay españoles que se beben las noticias en torno a Raúl o Nadal. Hay también españoles a los que les interesa lo que hacen el cubano Dinio y una que se llama Belén Esteban. La libertad de expresión significa que los periodistas debemos satisfacer el deseo de información que tienen todos, lo mismo los que leen a Heidegger que aquellos que se entusiasman con la Esteban”.

Una opinión muy respetable (y coincido con él en algunas apreciaciones), pero creo que se ha dejado llevar por su condición de periodista. De todos los personajes que ha mencionado, si exceptuamos a los frikis como la Esteban, el Dinio y tantos otros que viven del cuento sin dar un palo al agua, ninguno ha vendido jamás una exclusiva ni ha abierto las puertas de su vida privada a los medios de comunicación, que informan exclusivamente de su vida profesional, ya sea deportiva, literaria, filosófica o de otra índole. Efectivamente, nos interesa saber si Nadal ha ganado algún torneo, cuántos goles ha marcado Raúl, conocer el pensamiento y la obra del filósofo Xavier Zubiri o información sobre Rajoy y Zapatero, que influyen en nuestras vidas con su forma de hacer política y gobernar. Son, incuestionablemente, personajes públicos y muy celosos de su intimidad. De hecho, Fernando Alonso o el mismo Rafa Nadal, cuando algún reportero les pregunta algo relacionado con su vida privada le mandan al carajo sin contemplaciones. Lo mismo se podría decir de tantos otros que diferencian puntualmente su vida pública de la privada.

Y hablar de censura en casos como este (como veladamente sugiere Ansón), es, por mucho que me lo quieran maquillar, una auténtica atrocidad y una falta de respeto. Hay un tipo de periodismo que dignifica esa hermosa profesión y otro que, desgraciadamente, la denigra. Al igual que hay excelentes profesionales y carroñeros en busca de morbo y carnaza. De estos últimos intenta protegerse la hermana de Letizia Ortiz; y a lo que se ve, tendrá que apañárselas sola.

Lo siento, Telma. Mi solidaridad y mi simpatía.